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“The Rip”: un thriller de paranoia que se desinfla cuando se vuelve acción

Hay thrillers policiales que funcionan como pruebas de carácter. No tanto por lo que revelan del crimen, sino por lo que muestran de quienes lo persiguen cuando el dinero deja de ser una idea y se vuelve peso real, billetes reales, tentación real. The Rip entiende ese juego desde el arranque.

En su primera parte, la película se siente como un thriller con nervio, con mala leche, con ese sudor moral que debería acompañar a cualquier historia que se mete en la corrupción de una unidad antidrogas en Miami. Abre con un asesinato que instala una pregunta húmeda y persistente: si alguien cae dentro del departamento, ¿la bala viene de afuera… o del pasillo de al lado? Es un inicio efectivo porque genera paranoia desde el primer minuto.

Luego entran Matt Damon y Ben Affleck, y el film gana algo que Netflix no puede fabricar con presupuesto: química antigua, de amigos que se entienden con una mirada y se hieren con precisión cuando se cansan de fingir que todo está bien. Damon interpreta a Dane Dumars, un hombre que ya no juega a ser héroe; hay cansancio en su forma de mirar un cuarto antes de entrar, y cálculo silencioso en cada pausa. Affleck, en cambio, es fuego mal gestionado: un sargento impulsivo, visceral, propenso a convertir un interrogatorio en pelea si lo empujan dos centímetros.

La dinámica entre ambos funciona porque no es la típica pareja de opuestos simpáticos. Aquí hay historia, resentimiento, lealtades mezcladas con ego, y eso hace que cada conversación tenga filo.

El gran hallazgo de The Rip llega en su primera mitad, cuando la trama se encierra en un espacio y convierte el procedimiento en tensión pura. Un mensaje de texto los lleva a una casa donde esperan una suma “normal”, de esas que se manejan como estadística. Pero encuentran algo monstruoso: alrededor de veinte millones de dólares. De pronto, el protocolo deja de ser protocolo y se convierte en coartada. Hay que contar el dinero en el lugar. Asegurar la escena. Cortar la comunicación. Recoger celulares. Y cada decisión puede ser prudencia… o parte de un plan.

Ese tramo funciona como un thriller de sospechas en cámara cerrada, con miradas que pesan más que los disparos. La película hace lo correcto: no te dice quién es el sucio, te lo sugiere, lo niega, lo vuelve a insinuar. En una unidad donde todos cargan armas, la paranoia no es emoción: es supervivencia. Y cuando además hay cartel, FBI, rumores de robos internos, la paranoia se vuelve forma de respirar.

El reparto alrededor ayuda mucho. Sasha Calle aporta la energía de alguien atrapado en una pesadilla ajena. Steven Yeun tiene el talento de parecer tranquilo mientras se le nota el cálculo por debajo. Teyana Taylor y Catalina Sandino Moreno suman capas de fricción y duda, como si cada quien tuviera una versión privada del mismo juramento. Y cuando entra alguien como Kyle Chandler, el film gana textura: jerarquías, agendas, egos y silencios acumulados durante años.

Hasta aquí, The Rip va muy bien. Te atrapa, te obliga a escoger bandos sin evidencia, te hace sentir que cualquier palabra fuera de lugar puede encender el incendio. Tiene aire de thriller clásico, de esos que se apoyan en la tensión humana y no en el espectáculo. Y por eso duele cuando la película decide abandonar su mejor arma.

Porque llega un punto en que The Rip deja de mirar a la gente encerrada con el dinero y se va a la calle a hacer lo que tantas producciones hacen cuando creen que “ya toca” subir el volumen: persecuciones, tiroteos genéricos, música insistiendo en que esto es intenso, cortes rápidos para simular urgencia. Lo que era presión asfixiante se vuelve trámite de acción.

No es que la acción sea un pecado. El problema es que aquí se siente como una salida fácil. La película había construido un mundo donde el peligro era interno, no externo. Donde lo más letal era el compañero, no el criminal. Al pasar al terreno del show de carretera, se evapora esa atmósfera sucia y se vuelve otra cosa: un thriller correcto, con vueltas y revelaciones, pero con menos personalidad.

La ironía es que el film tiene una idea poderosa que no termina de explotar: el “rip” como acto ambiguo en sí mismo. Incautar dinero ilegal suena moral, pero también suena a oportunidad. Es una práctica que vive en el borde, y esa frontera moral podría haber sido el corazón del relato. En cambio, la película prefiere no meterse demasiado en el comentario social o institucional. Se queda en lo funcional. Eso puede ser estrategia para no incomodar… y también puede ser la razón por la que se siente menos afilada de lo que promete.

Aun así, hay un mérito claro: Damon y Affleck sostienen el interés incluso cuando la historia se afloja. Su relación es el motor dramático. Cuando discuten, el film late. Cuando cooperan a regañadientes, late. Cuando se miran midiendo cuánto queda de confianza, late. Y esa energía convierte a The Rip en un thriller de streaming por encima del promedio, especialmente en un ecosistema donde muchas películas de acción parecen diseñadas por comité.

Al final, The Rip es dos películas en una. La primera es un thriller paranoico, oscuro, con un hallazgo narrativo excelente: el dinero como veneno en un cuarto cerrado. La segunda es un policial de acción competente, pero más olvidable. Si la película se hubiera quedado más tiempo en la casa, en el silencio, en el conteo interminable, en el temor de que alguien toque la puerta y todo explote, probablemente estaríamos hablando de una de las mejores piezas del año. Tal como está, queda como una buena noche de cine para quien busca tensión, estrellas y Miami nocturno… con la sensación de que pudo ser algo realmente grande.