Por: Alexandro García Robles
Cada vez que finaliza un año escolar o se aproxima una evaluación de desempeño docente, resurge el mismo debate: cuestionar los aumentos salariales de los maestros y vincularlos de forma simplista con los resultados académicos de los estudiantes. Es un discurso cíclico que ignora las verdaderas causas de las falencias del sistema educativo nacional y repite un patrón de culpabilización injusta hacia el magisterio.
Esta narrativa, frecuente en ciertos medios de comunicación y sectores de la vida nacional, pretende reducir la calidad educativa al rendimiento individual del docente, desconectándolo del contexto educativo, comunitario y nacional. Es como juzgar la salud de un paciente solo por el trabajo del médico, sin mirar si el hospital tiene medicinas, si el paciente puede alimentarse bien o si el entorno le permite cuidarse.
La evaluación docente es necesaria, pero debe ser justa, contextualizada y acompañada de oportunidades reales de desarrollo profesional. No se puede exigir excelencia en condiciones precarias, ni pretender milagros celestiales cuando faltan herramientas, políticas educativas serias y un trabajo basado en un plan estratégico educativo, sin politiquería partidaria por parte de los incumbentes del MINERD, cada vez que hay un cambio en esa institución del Estado.
Es momento de dejar de repetir el mismo dilema. En lugar de usar el salario como arma de chantaje, enfoquémonos en transformar las condiciones estructurales del sistema y en valorar el rol esencial que juegan los educadores en la construcción de una sociedad más justa, crítica y preparada para el futuro.
No quisiera terminar sin abordar la responsabilidad de las familias con la educación integral de sus hijos, como establece la Constitución dominicana en su artículo 63. Es alarmante el nivel de participación de las familias en el desarrollo académico de sus estudiantes, su vinculación con la escuela y el proceso de aprendizaje de sus hijos. Por citar algunos ejemplos: padres que no fiscalizan los cuadernos ni las actividades escolares, padres que no visitan el plantel para conversar con el maestro guía del curso sobre el desempeño académico de sus hijos, entre otros males que podría mencionar aquí.
El médico y psiquiatra José Ingenieros, en su libro El hombre mediocre, establece que el ser humano es producto de dos factores: la herencia y la educación. En tal sentido, vemos que no hay una cultura clara en estos últimos tiempos sobre el rol real que deben tener las familias en nuestra sociedad.
¿Quiere saber cuál es el verdadero rostro del país y hacia dónde vamos? Pase por una escuela pública. Ahí está todo.
Pero no basta con señalar. Es momento de asumir responsabilidades colectivas: políticos, educadores, medios de comunicación, y, sobre todo, las familias. La transformación educativa no es un milagro celestial. Es una decisión del Estado.













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